Blog — Intenciones

Dante Noguez
Versión 0.5.0
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Cotidianidades

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La versión moderna de la falacia del costo irrecuperable: los Estados demuestran universalmente que son incapaces de cumplir su cometido, pero antes de considerar su disolución, se opta por fortalecerlos. La guerra, la corrupción y la inflación se consideran detestables, y los gobiernos de todas partes se juzgan inútiles, pero los hombres son incapaces de concebir una vida sin su severa y estúpida intromisión.

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Es triste que Elon Musk y compañía insistan en una hipótesis tan mentalmente ineficiente como aquella de que vivimos en una simulación. El demonio maligno cartesiano es tan filosóficamente antiguo como aburrido y superfluo. Ex falso quodlibet.

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Utilizar la categoría «extrema derecha» para indicar un posicionamiento político en la Antigua Grecia es equivalente a utilizar el término «Estado» para referirse a la forma de organización política de la polis griega, aunque curiosamente sólo lo primero es motivo de escándalo.

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Es sabido que para estudiar a Alan Turing un domingo por la mañana, las condiciones más propicias se dan usando la caminadora del gimnasio con un set de Daria Kolosova retumbando a todo volumen en los audífonos y dos cabrones al borde del desmayo haciendo peso muerto frente a ti.


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Tras siete horas continuas intentándolo, severa crisis existencial de por medio, conseguí resolver un problema con apenas unas cuantas líneas de código. Nunca nada en mi vida me había hecho sentir tan miserablemente estúpido como Python.

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Cumpliendo los 28 años, suena «Disco eterno» de Soda Stereo. Me consume una imperiosa necesidad de ser productivo, los mensajes y el recuerdo de familiares y amigos me causan, por vez primera en mi vida, una ligera nostalgia; me es difusa y ligeramente preocupante, desde hace poco tiempo, la edad que tengo. Nos asedian miserias por todas partes en el mundo, y acaso sintomáticamente la reflexión a la que más recurro de forma inconsciente en estos días es aquella de Stefan Zweig:

«Se creía tan poco en recaídas en la barbarie, por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa, como en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación. Creían honradamente que las fronteras de las divergencias entre naciones y confesiones se fusionarían poco a poco en un humanismo común y que así la humanidad lograría la paz y la seguridad, esos bienes supremos. Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra «seguridad» como un fantasma, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación, cegada por el idealismo, para la cual el progreso técnico debía ir seguido necesariamente de un progreso moral igual de veloz. Nosotros, que en el nuevo siglo hemos aprendido a no sorprendernos ante cualquier nuevo brote de bestialidad colectiva, nosotros, que todos los días esperábamos una atrocidad peor que la del día anterior, somos bastante más escépticos respecto a la posibilidad de educar moralmente al hombre. Tuvimos que dar la razón a Freud cuando afirmaba ver en nuestra cultura y en nuestra civilización tan sólo una capa muy fina que en cualquier momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno; hemos tenido que acostumbrarnos poco a poco a vivir sin el suelo bajo nuestros pies, sin derechos, sin libertad, sin seguridad. Para salvaguardar nuestra propia existencia, renegamos ya hace tiempo de la religión de nuestros padres, de su fe en un progreso rápido y duradero de la humanidad; a quienes aprendimos con horror nos parece banal aquel optimismo precipitado a la vista de una catástrofe que, de un solo golpe, nos ha hecho retroceder mil años de esfuerzos humanos».

El 11 de septiembre marca el acontecimiento de un hecho atroz y de mi cumpleaños. Procuro siempre hacer mía la máxima espinosiana: «no reír, no llorar ni detestar, sino entender». Retirado en la paz de estos desiertos, sobrellevo la vida con tranquilidad y buen temple, aunque no por eso deja de preocuparme que algún día de estos pueda llevarme entre las patas este mundo de miserables.


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La mente de mi mujer es inescrutable. Desde que la conozco, no ha habido una sola vez en que me haya hecho saber que tengo comida entre los dientes. No me lo dice ni cuando comemos en casa, ni cuando comemos fuera, ni cuando comemos solos, ni cuando comemos acompañados. Descubrirlo es para mí un ritual ya establecido. Me miro en el espejo del baño y la vergüenza me invade al descubrir que he pasado la última hora incomodando a los demás con un pedazo de pan en el colmillo. Salgo del baño en línea recta hacia ella. La increpo y me mira confundida, diciéndome que no es para tanto. Intento tranquilizarme y lo ignoro. Al llegar a casa, le reclamo una vez más y le pido que —¡por el amor de Dios!— la próxima vez me lo diga. Se queda mirándome con una cara de desconcierto, como intentando disipar su sospecha de que me aqueja algún desorden mental difícil de precisar. Me promete que lo hará, aunque los dos sepamos para nuestros adentros que no será así. Ambos inconformes, nos vamos a la cama, y antes de conciliar el sueño medito sobre la delgada línea entre la personalidad y la locura.

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I have discovered a truly marvelous deep learning architecture that surpasses the transformer, which this margin is too narrow to contain.